CUANDO UN PADRE SE VA
El Obispo Antonino Bonilla nació en Ciudad Obregón, Sonora un 23 de abril de 1929. Como si todo estuviera planeado, quince días después de su cumpleaños número 97 se fue a la Patria Celestial a encontrarse con su amado Señor y su amada esposa Dora. A Jesucristo le entregó casi 80 años de ministerio y a su querida compañera de camino más de 70. De esa unión de amor inquebrantable nacieron cuatro hijos. De su ministerio nacieron iglesias, hijos espirituales y discípulos alrededor del mundo, imposibles de contar.
Habiendo entregado su corazón a Cristo a los 10 años, recibió su primera asignació pastoral a los 16, cuando tuvo que sustituir a su padre en la Iglesia de Huatabampo, Sonora. A partir de ahí y por alguna razón que el cielo sabe, comenzó a recibir asignaciones ministeriales cada vez de mayor responsabilidad.
Fue director juvenil, evangelista, pastor en su amada república mexicana, pero también fuera de fronteras porque dentro de su pecho latía un corazón misionero. Fue director juvenil de América Latina (1954-1960). Fue supervisor de varios territorios en México y fue Superintendente Nacional (1968-1976). Su mente visionaria y su corazón apasionado lo llevaron a ser un pionero, creador de la primera Escuela Bíblica de Verano, el primer Campamento Juvenil en México y EE. UU. (1957) y el primer manual de Escuela Dominical y Juventud. Fue gracias a su impulso y su audacia santa que se realizó el Primer Congreso Internacional de la Iglesia de Dios en la Ciudad de México, patrocinado por el Comité Ejecutivo Internacional. Algunos todavía lo recuerdan como un especie de primera Asamblea General fuera de los Estados Unidos. En este país fue pastor, educador, evangelista nacional y supervisor de la Región Sur Central (1976-1982).
Su ministerio, su carisma y su predicación siempre relevante lo llevaron a los púlpitos de toda América Latina, el Caribe, Estados Unidos y muchos países del mundo. Fue un líder que trascendió las barreras denominacionales, compartiendo plataforma con grandes siervos de Dios y héroes de la fe de su genración. No obstante siempre tuvo un ojo espiritual sobre las nuevas generaciones. Su energía inagotable tal vez provenía de su mentalidad joven, de su gusto por estar cerca de los jóvenes, escucharlos, alentarlos y creer en ellos.
Su memoria prodigiosa lo llevaba a recordar con lujo de detalles, personas, situaciones y hechos ocurridos en su extenso recorrido misionero en los más remotos pueblos latinoamericanos. Fue un verdadero padre de multitudes, lúcido, generoso, risueño y fiel. Lo ví por última vez en su cumpleaños en la Oficina Regional. Luego de contarme algunas anécdotas de su viaje a Uruguay hace casi 60 años, de recordar a mi padre, apretó mi brazo con su mando derecha y me dijo: "Cade vez que te veo, me felicito de haberte visto."
No encuentro mejores palabras para cerrar que las del Dr. Esdras Betancourt cuando lo describió así: "Como ha sido el estilo de Dios a través de las edades, ocasionalmente Él escoge un individuo sobre el cual pone Su gracia y lo convierte en el apóstol de una generación. Eso sucedió en la vida de Antonino Bonilla."




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