DANTE PRESIDENTE
No me une a Dante Gebel lo que podría llamarse una amistad en todo el sentido de la palabra. Más bien diría que hemos tenido una relación de admiración mutua. Él lo ha expresado públicamente y, hace un tiempo, me dio el gran honor de escribir un par de capítulos en su último libro, Marea Baja, publicado por Harper Collins.
Lo entrevisté por primera vez en los años ’90, cuando yo dirigía el periódico El Puente Uruguay. Recuerdo que surgió cierta controversia porque, al final de una conferencia en un estadio colmado (el Palacio Peñarol), arrojó al público CDs y libros suyos en un gesto de gran generosidad, aunque para algunos la forma no fue apropiada. Muchos no recuerdan de qué predicó, pero sí recuerdan aquello. Mirándolo hoy en perspectiva, parece una tontería comparado con las cosas que hoy se le cuestionan. Lo más reciente es la posibilidad de una eventual candidatura a la presidencia de su país, Argentina.
Lo primero que Dante recibió fue lo que suele llamarse “fuego amigo”. Es decir, las primeras objeciones llegaron desde el propio ambiente evangélico. Luego de su raid mediático de hace unas semanas por radios y programas de televisión, aparecieron también los cuestionamientos de periodistas y comentaristas. Dante llena estadios desde hace más de 30 años, pero algunos periodistas suelen ignorar lo que no ocurre fuera de su propia burbuja.
Los evangélicos, en general, han seguido su carrera dentro y fuera del país. Desde sus comienzos, algunos aceptaron la invitación a arrojar la primera piedra… y la han arrojado varias veces.
Nada parece haber detenido los sueños de Dante desde aquellos años en que era un joven que no tenía dinero para pagar el boleto del autobús para ir a la iglesia y caminaba largas distancias para llegar. No dudó en endeudarse para alquilar sus primeros estadios, aun cuando la entrada para el público era gratuita. Tampoco se “achicó” cuando decidió instalarse en Estados Unidos, en un contexto y un idioma distintos, dispuesto a comenzar de cero. Y no se amilanó cuando fue convocado por gigantes de los medios como CNN, TV Azteca y Mega TV, sin contar medios locales como Telefé y Canal 13, entre otros, donde también tuvo programas.
Todo su recorrido, incluyendo su ministerio pastoral en River Arena y sus giras mundiales con conferencias unipersonales, ha estado acompañado de críticas y cuestionamientos. Sin embargo, aunque las críticas han sido constantes a lo largo del tiempo, no parecen haber tenido el peso suficiente como para desviarlo de sus objetivos ni detener su carrera, su ministerio o su trayectoria, como cada uno quiera llamarla.
La razón principal por la que muchos lo critican es porque Dante no dice lo que ellos quisieran que dijera… o porque sí lo dice. Algunos lo piensan, pero él lo expresa. Y eso incomoda. También es cierto que algunas críticas hacia él han surgido de diferencias reales con ciertos sectores evangélicos, especialmente porque, aunque ha desarrollado una evidente labor pastoral durante décadas, Dante ha insistido reiteradamente en definirse más como comunicador que como pastor. Esa postura ha generado fricciones y debates desde hace muchos años.
Salvando toda distancia y comparación, a Jesús también le ocurrió algo parecido. El sistema no soportaba ciertas cosas que Él decía, ni toleraba que fuera amigo de los pecadores. Usted ya sabe: a Jesús no lo crucificaron los pecadores, lo crucificaron los religiosos.
Ahora Dante contempla lo que probablemente sería su desafío más audaz: llegar a ser presidente de su país. Al menos, es una posibilidad que está considerando. Él nunca intentó representar oficialmente a la iglesia evangélica, y tampoco la iglesia, como cuerpo, parece interesada en que los represente. Desde hace tiempo él ha tomado distancia de las estructuras institucionales.
En lo personal, creo que hay una diferencia importante entre el ministerio pastoral y la política partidaria. No me gusta que los pastores se conviertan en operadores políticos ni que hagan alianzas incondicionales con candidatos. No porque la política sea mala, sino porque ambas esferas deberían transitar por caminos diferentes. Siempre he creído que la iglesia no debe embanderarse con ningún partido político, porque estamos llamados a servir a todas las personas, independientemente de su preferencia ideológica. A un templo deben poder entrar personas de cualquier partido. Yo no puedo usar el púlpito para militar a favor de ningún candidato. Tampoco me agrada cuando líderes religiosos buscan cercanía con el poder para obtener beneficios, privilegios o cargos.
En mi humilde opinión, un pastor que decida dedicarse a la política, lo cual considero completamente digno, debería dejar el ministerio pastoral y prepararse seriamente para una tarea que exige enorme responsabilidad, capacidad y sacrificio. La historia está llena de ejemplos de los problemas que surgieron cuando la iglesia y el poder político se confundieron demasiado. “Mi reino no es de este mundo”, dijo Jesús.
En ese sentido, creo que Dante está haciendo las cosas de una manera distinta, y eso también incomoda a muchos. Si algún día llegara a gobernar, no lo haría solamente para los cristianos, sino para todos los ciudadanos, según él mismo ha expresado. Eso no significa que toda crítica hacia Dante sea injusta o malintencionada. Como toda figura pública con tanta exposición, es lógico que algunas personas cuestionen decisiones, estilos o posturas. Pero una cosa es disentir, y otra muy distinta reducir toda una trayectoria únicamente a la crítica permanente.
Siempre me ha gustado una frase con la que Dante expresa su agradecimiento a Dios por ‘prestarle el oído de millones de personas’. Ahora queda por verse si también logrará conectar con el corazón, y eventualmente, con el voto de millones de ciudadanos.




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